La guía de Dios en nuestras vidas se manifiesta de maneras que nos invitan a vivir y avanzar en Su Gran Comisión, no como una actividad aislada, sino como una cultura que transforma toda nuestra vida.
Mi esposo, Victor, y yo tuvimos la oportunidad de participar en un viaje de discipulado a Australia, donde experimentamos una expresión viva del Reino al convivir con la familia Jackson. Allí pudimos ver que el discipulado no es únicamente un ministerio dentro de la iglesia, sino una forma integral de vida que comienza en el hogar.
Observamos cómo su fe en Cristo permea cada esfera de su vida: su relación como matrimonio, su rol como padres y la formación intencional de sus hijos. Como familia, practican diariamente principios del Reino: permanecen en la Palabra, comparten en comunión, parten el pan y oran juntos. El discipulado, en este contexto, no es un programa, sino una cultura vivida con intencionalidad.
El padre, como líder espiritual, modela un amor genuino por Jesús, estableciendo en su hogar una cosmovisión bíblica que forma a la siguiente generación. De esta manera, los hijos no solo aprenden principios, sino que son formados como seguidores de Cristo a través del ejemplo. Así entendemos que el discipulado es un estilo de vida: es el “odre nuevo” donde el Reino de Dios toma forma en la vida diaria.
Una enseñanza clave que recibimos fue el llamado a permanecer en la Palabra, como fundamento de una cosmovisión transformada. Jesús dijo:
“Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos” (Juan 8:31).
La palabra logos se refiere a la revelación completa de Dios en las Escrituras, que forma nuestro entendimiento de la realidad. En este sentido, discipular también implica formar hábitos como memorizar la Palabra, meditar en ella y enseñarla intencionalmente en el hogar. Animamos a las familias a cultivar esto, por ejemplo, dando a sus hijos un versículo semanal para atesorarlo en su corazón.
Al mismo tiempo, el Espíritu Santo hace viva esa Palabra a través del rhema, aplicándola a situaciones concretas y guiando nuestras decisiones. Esta dinámica entre logos y rhema forma en nosotros una fe activa que transforma nuestra manera de pensar y vivir.
Jesús también enseñó:
“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7).
Y más adelante:
“En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y seáis así mis discípulos” (Juan 15:8).
Desde una perspectiva de cosmovisión bíblica, el fruto no es solo resultado espiritual individual, sino la evidencia de vidas alineadas con el Reino que impactan su entorno —empezando en la familia y extendiéndose hacia la sociedad.
Al regresar a casa, mi esposo fue comisionado para iniciar una clase de discipulado. Estamos profundamente agradecidos por lo que Dios hizo durante esas semanas en Australia, ya que pudimos comprender con mayor claridad el diseño de Dios: una familia espiritual global que hace discípulos desde los hogares hacia las naciones.
Hoy oramos para vivir en obediencia al llamado apostólico de Cristo, formando discípulos que vivan su fe en todas las áreas de la vida, llevando a las naciones a la obediencia de la fe. Este proceso comienza en el hogar, donde se forma el corazón, la identidad y la visión de vida.
Creemos que estamos siendo parte de una restauración del discipulado bíblico, como lo declara Malaquías 4:6:
“Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres”.
Animamos a los padres a abrazar su llamado: sembrar, regar y trabajar con diligencia en el amor de Jesús, confiando en que Dios dará fruto abundante, no solo en sus hogares, sino también en las naciones.
Escrito por: Lisbeth Wieler, PhD
Originaria de Ecuador. Completó su maestría y doctorado en Ontario, Canadá, donde actualmente vive junto a su esposo Victor Wieler. Ambos han sido llamados por Jesucristo a participar en su misión de hacer discípulos del Reino, comenzando desde el hogar y extendiéndose hacia las naciones.

